Zezolla

No sabe bien cuándo ocurrió.

Algunos dicen que la primera vez que fue contado ya era un hecho antiguo, narrado por voces infantiles que bajaban de los árboles del bosque como hojas secas.

Otros dicen que lo contaban ancianas mutiladas que vivían en puentes de madera techados, donde no llegaban el viento ni la luz.

Se dicen tantas cosas…

En lo profundo de Europa, durante la alta Edad Media, la vida y la muerte comían de un mismo plato, con la misma lengua.

El tiempo era una bestia inútil que nunca se movía y los niños no existían.

Pero son sólo cuentos, sólo pensamientos... o no…

Dicen que hubo una boda en el bosque, entre un príncipe y una doncella...

y que la alfombra era de sangre.

La novia se llamaba Zezolla.

Su madre era rancia como el tabaco viejo y su padre nunca abrió una mano para acariciarla.

A Zezolla se le impuso una educación cargada de rutinas extenuantes...

Esta historia no empieza con la niña fregando el piso.

Hay una muerte.

Un día, la madre la castigó toda la tarde. La hizo ponerse de pie con los brazos extendidos.
Cada vez que los bajaba, la golpeaba con una vara. El calor era sofocante. Le ardían las heridas abiertas. Cuandosus piernas flaqueaban, un azote las enderezaba.

La niña vio un cuervo que la observaba, colgado de cabeza.

Un instante después, el pájaro voló hacia abajo y se estrelló contra la tierra.

La niña bajo la vista, recibió otro varazo y se desplomó. Se oyó el crujir de madera y huesos.

El sol volvió a salir por el oriente, como cada mañana. Tras la muerte de la señora, la nana supo asear la casa y calentar el caldero en espera del señor. La niña desapareció de los portales.

El hombre, que había estado ausente varios meses, regresó en la primavera.

Su mujer lo esperaba enterrada.

Zezolla pasaba las tardes en el jardín, regando un vástago de avellano que había plantado sobre el montículo de tierra abanado por el cuerpo de su madre.

El padre se sumió en el silencio durante dos días. Al tercero, terminó la estaca labrada que señalaría la tumba de su esposa.

Al llegar a la sepultura, encontró a su hija. Una belleza triste danzaba en torno a ella. La miró sin ternura y se acercó a tocarla. La niña se retrajo como una tortuga, pero su padre se sació de ella.

Esa tarde, se alcanzó a oír un lejano aullido de perros y un espíritu profano caminó sobre el sendero lodoso que subía desde el río.

Esa noche, la niña soñó que un cuervo se sentaba en su pecho y le cantaba. Luego, le arrancaba su sombra y remontaba el vuelo hacia el bosque. El ave se posaba en un tejo, el árbol del espíritu de la penumbra, cargado de frutos venenosos.

Allí abandonaba la sombra en una rama, colgada boca abajo.

Pasaron otras tardes encharcadas de agobio. La niña se refugió en su cuarto. Sus labios zumbaban como moscas. Dicen que hablaba en secreto con dragones diminutos que se posaban en su mano. Conversaba con pájaros y ratas.

La nana, mientras tanto, terminó su tejido y sirvió la mesa. Tendió el lecho y caminó descalza junto al fuego. El hombre la tomó y se casó con ella.

Zezolla ocupó el lugar de la criada y a la casa llegaron las hijas de la nana convertida en madrastra. Eran seis muchachas que no aceptaron, ni por un instante, que esa niña esmirriada fuera su hermanastra.Desde el momento en que llegaron a la mansión, la trataron con el mismo desprecio que sufrieron cuando eran infortunadas.

En agosto, el hombre emprendió un nuevo viaje. En octubre, el viento gélido trajo la noticia de su muerte. Había sido emboscado por niños que siseaban mientras lo golpeaban con piedras y palos en el bosque espectral de los ogros. Niños abandonados que comían lo que mataban, cuando no eran ellos la comida.

En la casa no se escuchó un solo gemido. No hubo velas ni lamentaciones, sólo un vestido negro para la señora. Cuando el invierno arreciaba y el sol apenas se levantaba sobre el horizonte, la sombra de la mansión se alargaba hasta el bosque, un brazo oscuro que se disolvía en la niebla.

En el interior de la casona, la vida transcurría entre gritos y murmullos. Zezolla se acostumbró a andar de hinojos. Perdió su nombre junto al suelo y comenzaron a llamarla…

¡Gata cenicienta!

El único lugar al que nadie se acercaba y en el cual ella podía sentirse en calma era el jardín, donde el avellano seguía creciendo a duras penas. La joven platicaba con él, como le gustaría haberlo hecho con su madre.

Un día, la muchacha cortó una de sus ramas para hacerse una vara. Había oído decir que blandiendo una vara de avellano se tenía mando sobre las nubes. En cuanto cortó la rama, algo que emitía un turbio resplandor surgió del interior del tronco.

Nunca he nacido, nunca moriré. No sueño…
Sólo tienen sueños los que algún día morirán. Cumpliré todos sus deseos, porque tú sueñas, aunque tu vida sea como estar muerta…

Deseo entrar y salir de casa sin ser descubierta.

Una noche, cuando todas ya habían salido hacia un baile en el palacio, la joven corrió hasta el avellano, pronunció las palabras que el hada le había enseñado y al instante se vio vestida con los atuendos de una princesa.

Así fue al baile. Su presencia perturbó a toda la corte. Zezolla tenía algo hipnótico y animal. El príncipe cayó rendido ante sus encantos y permaneció con ella durante toda la fiesta.

Cuando las campanas comenzaron a sonar, dando la media noche, una enorme bandada de pájaros alzó el vuelo en la oscuridad.

La joven huyó hacia las escaleras. El príncipe ordenó seguirla, pero ella contaba con la protección del hada. Centenares de pájaros la cubrieron, ocultándola de sus perseguidores.

En tres ocasiones, para acudir a los bailes en el palacio, Zezolla dejaba de ser la muchachita de mirada perdida que rechinaba los dientes al pensar y se transformaba en una mujer de angustiosa belleza.

La última noche, el príncipe ordenó untar la escalinata con brea. Cuando la joven pasó por allí, una de sus zapatillas se quedó pegada en un escalón.

Era un objeto pequeño, con cierta deformidad. La guarida de un pie del tamaño de un ave.

Me casaré con la dueña

Todo el reino se movilizó en la búsqueda. El príncipe no entendía por qué ella no se presentaba por voluntad propia. Conforme los días pasaban, su deseo no correspondido se transformaba en obsesión. No se detendría hasta encontrarla.

Durante aquellos días de búsqueda infructuosa, el cielo se movió de forma extraña.

El príncipe se puso a la cabeza de las pesquisas. Cada casa fue abierta, cada doncella fue humillada al no poder calzarse la zapatilla, hasta que llegó el turno de la mansión de las hermanastras. El séquito del soberano se apeó de sus caballos y disparó flechas contra las nubes, que parecían esquivarlas. Por la ventana del cuarto de Zezolla, entraba y salía una multitud de cuervos.

En el interior de la mansión, las jóvenes ya se hallaban dispuestas. Desde que se conoció la intención del príncipe, su madre les había comprimido los pies con rudos vendajes. Inmovilizadas por el dolor, aguardaban su prueba.

Una tras otra, las bellas hermanastras intentaron calzar su pie sin lograrlo. Faltando sólo dos de ellas, la madrastra vio que se le escapaba la oportunidad de casar a una de sus hijas con el príncipe.

Atrajo a la mayor hacia un rincón y le tendió un cuchillo. Le dijo: “¡Córtate el dedo!”.

Cuando llegó su turno, la joven logró introducir el pie en la zapatilla.

El príncipe montó a su caballo con ella y se dirigieron al palacio, pero la zapatilla escurría sangre.

Los cuervos graznaron hasta enloquecer a los caballos, dando aviso del engaño.

La joven fue obligada a caminar de regreso con el pie destrozado.

El príncipe regresó furioso a la mansión y al entrar de nuevo en la sala ordenó a la última hermana: “¡Tú, cálzate la zapatilla!”

La madrastra notó a tiempo que el talón de su hija menor era muy grande y la apremió para que se lo cortara, pero la niña se negó, Sin dudarlo un instante, blandió el cuchillo y de un certero golpe le cercenó el talón a su hija. Luego, le calzó la zapatilla a la joven, casi desmayada por el dolor.

El príncipe la tomó en sus brazos y partió hacia el palacio, pero en medio del camino el revoloteo de los pájaros volvió a alertarlo del engaño. Encolerizado por haber sido estafado de nuevo, arrojó al piso a la joven mutilada y espoleó a su caballo de regreso.

A todo galope entró a la casa. Los cascos retumbaron sobre las tablas del suelo como órdenes y, antes de que nadie pudiera comprender lo que ocurría, desenvainó su espada y la hundió en el pecho de la madrastra.

Un aullido de dolor surgió desde la penumbra y por un rincón apareció corriendo Zezolla, sucia y harapienta.

El príncipe dio un paso atrás y no pudo evitar una mueca de desprecio. Las demás jóvenes no sabían cómo reaccionar y permanecieron en el suelo.

Hincada junto a la madrastra, Zezolla le mantuvo la cabeza alzada los pocos segundos que duró su agonía.

Luego, se levantó y caminó hacia su hermanastra mutilada, le arrebató la zapatilla y se la calzó sin ninguna dificultad.

No hubo más que silencio.

Desde el techo, los cuervos dejaron caer una lluvia de plumas negras que sepultó a la madrastra.

Las hermanastras se postraron ante la joven suplicándole piedad. Ella sólo caminó hacia la salida de una mirada inerte en los ojos.

Con motivo de la boda del príncipe, las hogueras que ardían todos los días para quemar a las brujas fueron apagadas.

Las cenizas y el humo se esparcieron por todo el pueblo y llegaron hasta el castillo.

La gente se cubrió los ojos y la boca.

El cortejo nupcial se trasladó al bosque.

Las hermanastras, algo respuestas, también se presentaron.

En medio de la ceremonia, una nube oscureció el sol. Eran los cuervos. Las seis hermanastras quedaron al descubierto en el centro de un círculo de miedo.

Antes de que pudiesen reaccionar, las aves se arrojaron contra ellas. Las doncellas cayeron al suelo.

Cuando las aves por fin se dispersaron, las hermanastras yacían sobre el pasto, mutiladas.
Fueron arrastradas por los guardias reales y un sendero de sangre pintó la hierba. De los árboles, descendieron voces de niños y hojas secas.

Dicen que hubo una boda entre un príncipe y una doncella. Y que la alfombra era de sangre.

Pero son sólo cuentos, son sólo pensamientos…


Bibliografía:
Texto: Castro, Rodolfo, Ilustraciones: Zela, Richard. Zezolla. México: Colofón, 2011.



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